el ornitorrinco: otros feminismos, otras luchas, otras epistemes

Diferencias conceptuales, gritos en las calles, raza, etnia y clase social. Las otras voces del feminismo contemporáneo y sus distintas visiones del movimiento.

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Stockholm, Sweden / Photo by Lindsey LaMont on Unsplash

YO VEO Y SIENTO EL MACHISMO DESDE NIÑA. Desde antes de saber lo que eso significaba. Mis tíos son todos unos ogros, mi padre es un ex presidiario. Recibí una educación totalmente machista, fui criada para ser una mujer de muchos hijos. Hasta podría trabajar, pero la casa y la familia siempre deberían quedarse en primer lugar.

Me enseñaron que la mujer no puede ser fácil, que mi cuerpo debe ser guardado para un único hombre. Me enseñaron también que el aborto es asesinato y que no tengo el derecho sobre lo que está pasando dentro de mí.

Después de descubrirme como ser humano y empezar a desarrollarme como persona, veo y siento lo difícil que es imponer respeto en mi casa, a mis padres y a otras personas con quienes convivo, que me enseñaron al revés de lo que creo.

Tengo casi 24 años y no tengo libertad. Muchas de las chicas que conozco viven la misma realidad. Yo veo el feminismo como algo que hace un giro en estas cuestiones. Hoy día es muy sencillo decir “yo no necesito del feminismo”. Pero, sin las feministas, hasta las mujeres con buena educación y sin problemas financieros no tendrían derechos.

Yo creo que hay que hablar de todo eso, sufriendo o no.  Hay que posicionar el discurso de otra manera. Por lo menos, hay alguien pensando sobre el tema.

Andressa Volpini


El testimonio de arriba, simulacro de ficción pero realidad concreta, habla de la dimensión singular de lo que es el feminismo hoy en día. Habla de como las muchas voces de mujeres, en desemejantes partes del mundo, han salido del silencio privado para resonar en la prensa, en la calle, en las universidades, en las oficinas de trabajo, en las salas de reuniones de grandes corporaciones y en las campañas de publicidad.

La primera voz que marca este texto tiene un nombre, una edad, una subjetividad. Tiene un cuerpo. Es brasileña. Estudió Comunicación Social en una universidad particular – por medio de una beca del Estado –, creció y sigue viviendo en un barrio de la periferia de San Paulo. Se cree una mujer blanca de clase baja.

De hecho, tras las innumerables realidades sociales, económicas y culturales presentes en Latinoamérica, la contextualización de quién es Andressa suena primordial para pensar los muchos feminismos y lo femenino en nuestro continente. Desde tal pregunta, tuve la suerte de escuchar distintas narrativas, perspectivas y además profundizar otros enfoques de lo que es la “sujeta” política del feminismo contemporáneo.

Lejos de pretender dar respuestas absolutas frente a tan insondables diferencias, la propuesta acá es conocer y pensar como ciertos símbolos y arquetipos de lo que se entiende en cuanto al feminismo generan procesos de conexión entre mujeres y, con la misma fuerza, exclusión. Asimismo, desde planteamientos de activistas como Audre Lorde, Gloria Anzaldúa y Cherríe Moraga, nos preguntamos sobre la importancia de que estas “otras” mujeres hablen, salgan a la calle y abran paso a nuevas palabras y nuevas formas de hablar sobre el cuerpo, la sexualidad, la raza, la diferencia, la subordinación.

Como escribió Gloria Anzaldúa, se trata de hallar maneras otras de representar y hablar de la “negra arrebujada sobre un escritorio en el quinto piso de una casa de vecindad en Nueva York”, de la “madre soltera lésbica asiático-americana”, de la “chicana sentada en un porche en el sur de Tejas” o de la “indígena andando a la escuela o al trabajo”[1].

Se trata de quebrar las imágenes y los estereotipos que el patriarcado dibujó para la mujer, pero también romper con el simulacro que el color de piel o los rasgos étnicos dibujaron en y para los cuerpos del sentido común. Hay mucho que preguntarse en este aspecto, aunque las respuestas no sean tan objetivas.

¿Qué se nos viene a la cabeza cuando pensamos en otras voces y miradas de lo que es ser mujer hoy? ¿Qué podemos sacar en limpio de los nuevos discursos de reconocimiento que muchas mujeres han traído al sentido común en los últimos años? ¿Qué otras fronteras, además de las físicas, se rompieron cuando apareció el giro de “la mujer” para “las mujeres?

Son cuestionamientos sobre y desde nuevos espacios, nuevos cuerpos y diferencias que nacieron como alternativas a otras semánticas, planteadas desde otros lugares, otras ojeadas, más allá de las expresiones hegemónicas del heteropatriarcado o del feminismo blanco eurocéntrico.

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Photo by Andrei Lazarev on Unsplash


PARA MI EL FEMINISMO FUE UNA PUERTA DE ENTRADA hacia la comprensión del significado de mi cuerpo en una sociedad machista y racista. A la vez, desde muy temprano, noté la diferencia de lo que se esperaba de una mujer y de un hombre en nuestra sociedad. 

Con el feminismo logré nombrar esa opresión y articulé fuerzas para luchar en contra. Pero, ni siempre, la toma de conciencia nos lleva a los mismos lugares, es decir, no partimos de las mismas experiencias en esta caminata por la igualdad. 

Darse cuenta de que, más allá de mujer, yo era negra y bisexual fue un giro importante. Yo no puedo esperar que una mujer blanca, de clase media, tenga el mismo entendimiento que yo de lo que es vivir en mi cuerpo, que es negro y periférico.

 Cuando se da cuenta de eso hay una separación entre mujeres, y entendí que mi color de piel siempre viene antes de mi sexo y que la narrativa del movimiento feminista aún está cerrada en la mujer blanca.  

Cuando pienso en los movimientos contemporáneos, pienso que soy una feminista negra marcada por intersecciones. Mi género, mi color, mi sexualidad, mi clase social… No veo otras maneras para eso, son partes de lo que soy, no elegí cuales opresiones iba a enfrentar, porque todas me atacan de forma unísona.

En espacios de discusión de las vertientes del feminismo me di cuenta de que no había nada de errado con mi color de piel oscuro o mi pelo rizado. Por lo contrario: son cosas que debería tomar como orgullo. 

Acercándome a mujeres con historias similares, entendí que mi cuerpo no era un objeto y que tampoco debería hacer parte de la mirada hipersexualizada de los hombres. Poco a poco entendí que no había nada de errado en ser lo que soy, y que mi existencia es sinónimo de resistencia. Mientras yo siga sobreviviendo y ocupando espacios de la elite con mi negrura, estaré resistiendo.

Hago eso para abrir las puertas, para que cada vez más negros entren a estos lugares y no necesiten bajar la cabeza a los deseos de una sociedad patriarcal. Hago eso para que, un día, la lucha no sea más necesaria. 

Erika Paixão


Se puede afirmar, con algunas seguridades, que la internet ha forjado gran parte de esos nuevos sentidos, olores, colores, sonidos y, con suerte, entendimientos. Aunque de forma incipiente, ha llegado al debate lo que Gloria Anzaldúa llamó, al final de los 80’s, las voces de los atravesados: “los bizcos, los perversos, los queer, los problemáticos, los chuchos callejeros, los mulatos, los de raza mezclada, los medio muertos; en resumen, aquellos que cruzan, quienes pasan por encima o atraviesan los confines de lo <normal>”[2].

Tras las palabras de la activista política chicana se puede decir que actualmente la interseccionalidad de opresiones fue trasplantada para la pantalla grande, para los debates en las redes sociales, para los movimientos estudiantiles, para la cena familiar.

No hay mucho de nuevo en la discusión y tampoco en el dolor que la jerarquía de géneros y raza sigue produciendo. Pero ahora hay una voz un poco más común. Una voz ronca, aún opaca, desconocida para muchos, pero que ya suena. Suena como si se abriera una alcantarilla antigua, cerrada desde siglos, que guardaba un nuevo contexto social, una nueva posibilidad para entender lo que muchas feministas “otras” plantearon hace algunos años.

Es posible que Audre Lorde, cuando escribió La transformación del silencio en lenguaje y acción, no tenía en cuenta la importancia que su invitación a poner fin al silencio tendría con la internet. “La transformación del silencio en palabras y obras es un proceso de autorrevelación y, como tal, siempre parece plagado de peligros”[3].

Tales peligros, de hecho, siguen como fantasmas espeluznantes. Hay todo un contexto de rabia, polarización y exacerbación del odio que ha tomado parte de los debates virtuales. Esa pelea traduce un posicionamiento político conservador existente y que necesita de cambios. Traduce también el dolor personal de muchos cuerpos femeninos que, al salieren hacia el mundo, generan empatía y posibilidades otras.

Afroamericana, lesbiana, negra y activista de los derechos civiles, Lorde es una de las muchas voces que transformaron el dolor personal en herramienta de reflexión y posicionamiento político. El conocimiento de esos otros timbres, en este aspecto, actúa como apertura de los espacios formales del discurso y cómo rompimiento de las posibilidades estándares.

La lucha, así, se convierte en un esfuerzo más allá de lo obvio, una vez que la herencia de la subordinación presenta siempre nuevas formas de excluir y segregar.

Para una mujer que no sea blanca, que viva en un país tercermundista y que esté fuera de los patrones financieros del ultracapitalismo, hay una triple jornada hacia el reconocimiento – incluso dentro del propio movimiento de mujeres. La búsqueda por la definición de un sujeto político femenino negro, según Lorde, actúa como un trabajo y una responsabilidad colectiva – donde la palabra y el poder de la palabra podrían recuperar y cambiar un lenguaje que se ha vuelto contra las propias mujeres negras.


PARA MI EL FEMINISMO FUE UN PROCESO DE TOMA DE CONSCIENCIA, así como para muchas mujeres en una sociedad machista, que empiezan a entender otras cosas. Desde cómo nos vemos hasta cómo somos vistas, de entendimiento propio y del otro. Tú empiezas a comprender mejor por qué determinadas cosas pasan.

Soy blanca, de clase media, burguesa. Tuve muchos privilegios. Hasta que un día entendí que, en el sentido del género, era parte de una minoría. Por eso, tal vez, llevo la cosa con seriedad, porque es donde soy oprimida.

Mi generación creció sin tener tanta relación con eso, una situación distinta de la que hay hoy en día. En mi universidad no había una frente feminista, y cosa de 5 años después que salí eso ya era algo existente. Individualmente fue importante conocer y pensar todo eso.

Hay ahí una deconstrucción diaria, como ocurre con cualquier otra minoría de nuestra sociedad que sufre prejuicio. Por eso creo que el feminismo es una cosa poderosa, que ayuda a entender todo el proceso de subordinación y a identificarse con otras personas que desarrollaron la misma consciencia. Es muy positivo tener en otra mujer una compañera, una amiga, una confidente, compartir cosas.

El feminismo pasa a ser parte de tus acciones y reflexiones de una manera muy intensa. Si voy a tomar una micro y un hombre de la misma edad que yo ofrece que yo suba a su frente, voy a decirle “no, somos iguales y eso nos es gentileza”.

No hay ninguna línea del feminismo que yo me idéntico hoy en día. Tuve mucho contacto con el feminismo negro, que es lo que más me interesó. El feminismo lesbiano también es muy legítimo, a final hay otras opresiones sumadas más allá del género.

Tengo muchas amigas que incluso no alcanzan a hablar con heterosexuales, sé que es complejo pero entiendo el posicionamiento político de ellas: la relación heteromachista tiene un origen difícil y, a veces, la mejor salida es excluir totalmente.

Priscilla Auilo Haikal


brittani-burns-775821-unsplashPhoto by Brittani Burns on Unsplash

Son estas nuevas epistemes, estas nuevas gramaticas de las letras, estas nuevas insignias y estos nuevos valores simbólicos en los discursos que pueden engendrar una razón otra para los géneros, las razas y las etnias.

Eso, innegablemente, es lo que hoy ocurre en todos los universos virtuales de discusión. Mientras los abogados del machismo sigan diciendo que la lucha feminista está de moda y pronto será olvidada, hay una nueva simbología ya existente que tomó los inconscientes colectivos en gran parte del Occidente.

Uno de los recursos favoritos de quienes ponen en entredicho la nueva versión oficial de la realidad que se nos presenta es la teoría de que los nuevos discursos del feminismo son muchos y no son coherentes. El individuo común y corriente se encuentra desamparado en esta afirmación, una vez que nada queda de coherencia en un universo donde la exclusión y la jerarquía de los géneros es parte fundamental de un poder instaurado. O se le combate o se le defiende. Y por eso la invitación va más allá, como una conexión de las demandas, y no una exclusión.

Hay que sacar la mirada singular. La mirada pautada única y exclusivamente en lo binarismo contemporáneo, que pone las relaciones dentro de una dicotomía entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo rico y lo pobre, lo positivo y lo negativo, lo poderoso y lo insignificante.

Así, combatir tal poder dual pasa primeramente por reconocer ese poder, ese adversario, esa mano agigantada. El opresor invisible, de este modo, se presenta como un discurso sin sonido donde nadie puede cuestionarlo. Ello solamente “es”, existe y no permite giros.

Por eso la posibilidad de un género abierto, plural, sin rasgos de verdad absoluta, sólo se puede convertir en un miedo colectivo de aceptar las diferencias sexual, de raza, de color o de etnia. Y nuestro mundo exacerbó tal cuestión, al poner en la lámina de nuestros computadores y celulares un mundo nuevo que tenía todo de nuevo y nada de mundo.


SOY UNA MUJER BLANCA, DE CLASE MEDIA ALTA. Me explico: no soy rica ni tengo una situación financiera de clase media alta, pero siempre estuve en este ambiente. Fui educada en instituciones de primera línea. Tengo educación superior y vivo en Pinheiros, un barrio de clase alta paulistano. 

Me acerqué al feminismo el 2013, cuando la cosa estaba empezando a convertirse en “tendencia”. Era mi tercer año en la universidad, y había una invitación por parte de los profesores para que creáramos un frente feminista. Yo estaba produciendo mi proyecto final del grado, y acabé desarrollando un sitio de contenido para niñas adolescentes, una especie de revista digital, fácil y didáctica, sobre el feminismo. Por eso, estudié los principales movimientos con un vistazo más académico. 

En esta época, lo que más me tocaba era el feminismo radical: el discurso me parecía coherente, había una buena base teórica y el movimiento sonaba muy revolucionario.  

Hay un rechazo con el feminismo radical, mucha gente lo entiende como un movimiento transfóbico. Para mi el movimiento no es transfóbico, pero existen personas que ocupan ese discurso y lo agarran como prejuicioso. 

Desde ahí fui adentrándome cada vez más en las peleas internas del movimiento y me desilusioné mucho. Es la vieja historia de la izquierda, que nunca logra grandes cambios por no ceder en nada.

 Me desilusioné y me fui alejando de los movimientos. Siento que son discusiones que consumen a las personas y generan rabia. Hoy en día, veo el feminismo como algo positivo y que debe ayudar a las mujeres en distintos frentes.  

La jefe que necesita ayudar a una funcionaria, la madre que necesita enseñarle a sus hijas a que se amen, las amigas que necesitan de apoyo entre si. Tampoco estoy hablando de cuestiones con mujeres negras / mujeres blancas, ya que me siento totalmente inapta para tratar el tema. 

Básicamente, si hoy no hago parte de la lucha, de la militancia, por lo menos tiento aplicar el feminismo en mi cotidianidad de la mejor manera posible.

Camila Lafratta


heather-mount-1155860-unsplashPhoto by Heather Mount on Unsplash

No precisamos de un complejo aparato de creencias para depositar nuevas posibilidades en estas relaciones con el feminismo. Lo que precisamos es de una no creencia, una no realidad, donde los muchos discursos dispares puedan emerger como sujetos posibles y de derecho – completos y felices en sus diferencias.

Así como la naturaleza produjo el ornitorrinco como el mamífero que pone huevos, con hocico de pato, tamaño de conejo y cuerpo marino, el feminismo puede figurar como el animal que se acerca de todas las posibilidades de lucha e inserción social, principalmente cuando sus demandas son por una realidad mejor y más digna para todxs.


[1] ANZALDÚA, GLORIA. “Borderlands / La Frontera. La nueva mestiza. Madrid: Capitán Swing, 2016, p. 42.

[2] LORDE, AUDRE. “Transformar el silencio en lenguaje y acción”. La hermana, la extranjera. Madrid: Horas y horas. 2013, p. 21 – 24.

[3] ANZALDÚA, GLORIA. “Hablar en lenguas. Una carta a escritoras tercermundistas”. Cherríe Moraga y Ana Castillo. Esta puente mi espalda. Voces de mujeres tercermundistas viviendo en Estados Unidos. San Francisco: Ism Press, 1988, p. 219.

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