si la memoria no me falla

Con una voz de sapiencia, Mia Couto subió al escenario medio desconcertado, con el argumento de que el lugar del escritor es en la reclusión, y no cerca de la audiencia. Era septiembre y el calor de São Paulo empezaba a doler. Dolor en el cuerpo y no en el corazón, como hacía el discurso del escritor mozambiqueño, cuyo tema de la memoria ayudaba en el taller de la noche.

¿Cuál es el uso central de la memoria, si lo que yo más viví fue lo que nunca me ocurrió”?

El aforismo utilizado por el africano resume bien este vacío hueco de la memoria, algo que poco recogemos del punto de vista concreto, pero constituimos como invención, el cuento fantaseado de nuestras propias vidas.

Si en Bauman – y en su definición de Modernidad Líquidalas relaciones humanas y las memorias nacidas en ese experimento son vaciadas como un río sin fronteras y tampoco pueden ser encontradas, en Mia Couto ellas son las “fronteras del mismo río, que es nuestro interior”.

Se puede decir que la poesía del escritor sigue el hilo de esperanza. La mirada postmoderna del pensador polaco, por otro lado, sigue la ruta opuesta, donde la memoria se pierde en la cultura de lo efímero y está basada en la obligatoriedad del olvido.

Ya sea a través de productos, de relaciones humanas o de relaciones imagéticas, la estructura del consumo hoy refuerza este flujo imparable que nos pone en el olvido no por medio de la falta, si no que por el exceso.

Es la metáfora perfecta dibujada por José Saramago: se vive una ceguera blanca, no vagamos en la obscuridad de algo que se ha perdido y ya no puede ser visto – y sin en una blancura que se transluce lo mucho que vimos.

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Reuniendo poemas de varios artistas, libro analiza cómo la tecnología cambia la noción de subjetividad y memoria humana

Olvido y memoria
Tradicionalmente, el olvido es la contraparte perversa de la memoria, la pérdida que se produce en virtud del tiempo y de las distorsiones impredecibles de la mente humana.

Esto, tal vez, es el aspecto más particular de la sociedad contemporánea, cuyo modelo desechable y de envases plásticos refuerza la idea de fecha temprana para el final de todo. Lo que recordamos no es una excepción a este fantasma.

Cómo escribieron Lipovetsky & Serroy, la finalidad última de ese universo utópico, de un consumido sin fin incluso para el arte, es “ser un vector de cambio en las condiciones de la vida y la mentalidad”.

Dicho de otra manera, hay una alusión aquí a la descomposición de ciertas prácticas que conducen al final de la memoria y a la necesidad de olvidarse de todo siempre, corroborando el flujo constante de tocar cosas nuevas. En suma, es sólo en este interminable proceso de compra y descarte que se constituyen las inundaciones del consumo para bienes y personas, manteniendo la rueda del capital girando.

Frente a tales lógicas del mercado, la memoria se entorpece y, por desgracia, renuncia a su carácter poético. Además de la formación de nuestra historia, es de esta facultad la responsabilidad de construcción de nuestra subjetividad, nuestros sueños, nuestra capacidad poco concreta y muy importante de imaginar y recrear.

Sueño y memoria
Este movimiento no cesa en el ámbito de la memoria registrada – y se vincula con otros colores del inconsciente. El sueño, una de las pocas representaciones subjetivas de nuestros significantes más oscuros, es socio de estos recuerdos.

Relatar algo “soñado” es estar cerca de una creación ficticia, preparada a partir del momento en que se comparte la historia con otra persona.

En última instancia, el sueño requiere un lenguaje no verbal, restringido al acto de ensimismarse en el espacio inconsciente. La poesía, en este aspecto, es tal vez una da las pocas posibilidades de contar esta memoria.

El sueño es un pariente muy cercano de la memoria. Los sueños sólo existen en el imposible recuerdo que tenemos de ellos. Nadie recuerda exactamente lo que soñó, porque en su mayoría todos soñamos lo que recordamos”, dijo Mia Couto.

La experiencia de los sueños, podemos decir, es algo muy similar a la experiencia de ir al cine, y la película es una especie de sueño que soñaron para mí. Es posible capturar y reproducir imágenes poco tangibles, pero fundamentales para la perpetuación de nuestra memoria.

Por eso, la sensación de salir de la sala de proyección y hablar de lo que hemos visto, en cierta medida, es un acto de memoria. En esta acción, recuperamos alguna hendidura de la capa fílmica que llegó a nuestro inconsciente, al punto de reproducir imágenes en nuestra memoria. Estas representaciones se externalizan con otros lenguajes y se constituyen cómo un ejercicio incognoscible.

La plasticidad excepcional de algunas películas, así como el sueño, difícilmente puede ser olvidada – mientras tanto difícilmente puede ser llamada en la esfera consciente y en la vida concreta.

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Tecnología y memoria
Ocurre que, en la actualidad, la mayor parte de los conocimientos encaja en el espacio virtual, hiperdimensional, de las redes de computadores, y se escapa por completo de las posibilidades de la memoria. Por un lado, estas tecnologías digitales permiten el desarrollo de una memoria mecánica perfecta, pero en el ámbito de la experiencia humana y del olvido, se constituyen como sensaciones vitales para que siga cerca de la perspectiva humanista.

Es un fenómeno social que se ha fortalecido en los últimos años y empieza a traer sus primeros fetos. Como producto cultural, la serie de televisión británica Black Mirror es una mirada peculiar de estos dilemas. Inspirado por una sociedad distópica, llena de matices de nuestro tiempo, el proyecto – dirigido por Charlie Brooker – discute en el tercer capítulo que sería del mundo si esta memoria individual registrase todos los momentos de la vida.

Titulado The Entire History of You, el episodio trae un futuro en que todos tienen un implante que graba todo lo que sucede con los humanos. En la trama, la entrelínea es una crisis matrimonial iniciada a partir de fragmentos de memoria del protagonista. En consecuencia, cuando todo se registra como una certeza, hay poco espacio para interpretaciones erróneas, lo que termina generando un agotamiento psíquico en los personajes.

La pregunta acá es cómo este registro técnico elimina la posibilidad de olvido y, al mismo tiempo, mata la posible composición de la subjetividad a partir del acto de olvidar.

No abandonar y tener todo grabado son cosas que suprimen mis capacidades de inventar y de soñar, una vez que la memoria se convierte en un bloque controlado por la metáfora tecnológica. Como contrapunto, minimiza el mayor drama humano – la mortalidad – en el momento que mi existencia se formaliza y es posible poner fin a los desengaños de la finitud.

Por eso, no es extraño que los archivos de las redes sociales se cargan desde el sencillo hecho de comer hasta la confirmación del acoplamiento sexual, tangible en selfies después del sexo. Lo que parece es que la experiencia real no se dio cuenta del placer esperado por parte del otro, y por lo tanto es necesaria la aceptación de los demás, reafirmando que el momento vivido por ti sólo tiene sentido cuando es confirmado como realidad aceptable.

La vida que sigue, y al seguir, mata el momento, puede ser inmortalizada con este signo imagético que se comparte y se convierte en la verdad y la memoria. La tecnología, así, ha ganado colores de una promesa de eternidad.

Por lo tanto, es latente el contrapunto de esa memoria que se ejecuta y se pierde en la postmodernidad versus una memoria tecnológica que está conectada al posthumano, este período en que la tecnología es parte del cuerpo y controla todo el proceso de la existencia orgánica de los individuos.

Más allá de formalizar una ficción de su propia realidad, es necesario repetir todo hasta la saciedad, para la continuación del contexto perteneciente al universo del ciberespacio, en particular, con la articulación del concepto de memoria como algo perenne.

Sisifo, de Tiziano Vecellio, 1548-1549
Mito griego cuenta la historia del hombre que desafía a los dioses y es condenado a empujar eternamente una enorme roca acantilado arriba. Con la esperanza de que su dolor termine, él repite todos los dias la lucha, como si olvidasse de su própria vida y de su memoria (Sísifo, de Tiziano Vecellio, 1548-1549 – Museo del Prado, Espanã)

Demasiado humano
Con o sin memoria, queda la cuestión de qué va pasar en los próximos diez minutos del mundo, caso este derecho orgánico de recordar sea eliminado por la tecnología.

El humano, demasiado humano, tiende a optar por eso un millón de veces, reproduciendo y jugando sin pensar el estado de muerte que nos quedamos, siempre buscando en el vacío alguna cosa que minimice la existencia.

En nuestro modelo inmediatista, centrado en la búsqueda de sensaciones para ayer, de los placeres de los sentidos y de las novedades, de la diversión, da calidad de vida y de la realización urgente de sí mismo, la (no)conservación de la memoria aparece como punto fundamental.

Con suerte, quizá la postmodernidad también olvida sus estrategias para controlar esta memoria.

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Revisión: Camila Armijo

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Bibliografía
DIMARCH, Bruno Fischer. Mia Couto. A peneira e a água. São Paulo: Fronteiras do Pensamento, 2014.

ZYGMUNT, Bauman. Vida para consumo. A transformação das pessoas em mercadorias. Rio de Janeiro: Zahar, 2008.

LIPOVETSKY, Gilles; SERROY, Jean. A estetização do mundo. Viver na era do capitalismo artista. 1. ed. São Paulo: Companhia das Letras, 2015.

FELINTO, Erick. Obliscência: por uma teoria pós-moderna da memória e do esquecimento. Revista Contracampo, número 5. Niterói: IACS/UFF, 2002.

SANTAELLA, Lucia. Da cultura das mídias à cibercutura: o advento do pós-humano. Porto Alegre: Revista FAMECOS, 2003.

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texto disponible en portugués en: obviousmag.

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